26.3.18

La cooperación de los seres humanos existe como algo natural e inherente de la especie humana (elemento genético-estructural), como cooperación social necesaria para la producción de valores de uso, para el buen vivir como totalidad. La cooperación capitalista es una cooperación de la dominación, impuesta y aprendida socialmente (histórico-concreta) por una formación social concreta, el capitalismo, para obtener grandes ganancias de unos pocos, los capitalistas, a costa de la mayoría de la población, bajo condiciones de explotación, opresión y exclusión social.
Los hábitos sociales de cooperación heredados de modos de producción anteriores al capitalista, que desarrollaban prácticas de apoyo mutuo, de cooperación colectiva en el trabajo, la lucha, la protección de niños y ancianos y en la vida cotidiana sobreviven, en resistencia, aún en el presente de manera material y espiritual. Existe una larga historia de iniciativas de participación colectiva, como el ayllu andino, la práctica de ayuda solidaria a todos los desvalidos y otras, basadas en formas de cooperación entre los pueblos, trabajadores y sectores oprimidos para mejorar su situación.
Sin embargo, el sistema capitalista, una vez que trata de controlar todas las palancas de la sociedad, destruye toda forma de gestión y cooperación colectiva, para individualizarlas en una profunda soledad.
Podemos visualizar, como lo hace Marx, que las bases materiales, espirituales y societarias que permiten la resistencia de los pueblos contra la agresión capitalista están ubicadas en la pequeña agricultura, la industria doméstica y la propiedad comunal de la tierra[1].
Así la historia del movimiento obrero, pero también de nuestros pueblos originarios, ha sido la ayuda mutua, la solidaridad intergeneracional, la protección de sus iguales. Es por eso que la reivindicación en la lucha del derecho a proteger su tiempo de vida en la vejez no puede estar subordinado al capital, ya que el aumento de la esperanza de vida es un producto de las trabajadoras y trabajadores, conquistados en sus largas luchas históricas.
Algunas notas históricas de la seguridad social en América Latina  El capital actúa tratando de mantener la unidad contradictoria de la relación capital-trabajo asalariado, ya que su acción y propósito no es la eliminación total de las clases
subalternas sino su sometimiento y dominación para lograr, mediante la explotación, la acumulación del capital, generar plusvalía y así aumentar la tasa media de ganancia. El ciclo de valorización del capital busca integrar al trabajo como objeto fuerza de trabajo, aunque esta inclusión es siempre parcial, nunca es definitiva. Así el trabajo asalariado implica para el capital un problema permanente que debe ser controlado y dominado. Pero para el trabajo asalariado su lógica es la destrucción del capital como antagonismo de clase.
El capitalismo trata de controlar al trabajo buscando cauces que le faciliten mantener y acrecentar sus beneficios dando algunas “reivindicaciones” que permitan mantener a la clase obrera en el estado que el capital requiere para su explotación. Esto explica porque durante el siglo XIX, debido a las luchas de las trabajadoras y trabajadores para mejorar su situación, los capitalistas se vieron en la necesidad de limitar el trabajo infantil y regular la extensión de la jornada laboral debido al deterioro en la salud y la capacidad productiva de la fuerza de trabajo, lo cual repercutía negativamente en su tasa de ganancia, es decir en sus propios beneficios.
Así la problemática de la jubilación y las pensiones tiene que ver con las luchas antagónicas entre capital y trabajo asalariado que encuentran cauces en los límites que se van colocando a la explotación. Es por eso que estos sistemas de previsión vienen precedidos de luchas del movimiento obrero-popular para el logro de esta reivindicación, así este principio es tomado y manoseado en función de los intereses del capital con la conformación del Estado de “Bienestar” capitalista moderno. El financiamiento obligatorio del retiro del trabajo a una edad estipulada, con cotizaciones tanto obreras como patronales y la garantía de esas prestaciones forma parte de las reivindicaciones conquistadas en arduas luchas que la clase obrera desarrolló contra el capital, pero que solo acotan la explotación; no la elimina.
En América Latina en general, pero guardando distancia con algunas especificidades, nunca se desarrolló un Estado “bienestar” capitalista, esto debido a la dependencia de la relación centro-periferia, eran Estados autoritarios pero distorsionados, no completos, dependientes y los beneficios que proveían se limitaron a ciertos accesos de la población a la educación básica, quedando los demás derechos, incluidos los de salud, seguridad social, jubilación y pensiones como derechos solamente de la clase asalariada o del movimiento sindical, que mediante acuerdos corporativos (contratos colectivos) beneficiaban a sectores reducidos de trabajadores asalariados.
El acceso a la seguridad social se logró en una combinación de decisiones que realiza el Estado al darle algunos privilegios a ciertas elites que les interesaba proteger (sobre todo los militares); pero además, fundamentalmente, mediante las luchas obreras de los grandes sindicatos que transformaron sus conquistas, que podían ser para toda la clase, en conquistas corporativas que beneficiaban al grupo de trabajadoras y trabajadores de dichos sindicatos. Esto dejaría sin protección a la mayoría de la población.
En líneas generales en América Latina los sistemas de pensión de vejez, invalidez y muerte se conformaron bajo un régimen que requeriría la aportación de las trabajadoras y trabajadores y de los patrones y patronas para la conformación de un capital el cual debía crecer de acuerdo a las necesidades del cambio de la estructura demográfica.
Esta cuota podría incrementarse de acuerdo al proceso de envejecimiento de la fuerza de trabajo. Evidentemente este capital ahorrado debería estar en un fondo bajo la responsabilidad del Estado y ser invertido para que no perdiera valor, así los beneficios futuros estarían asegurados. Existía la solidaridad intergeneracional, ya que las trabajadoras y trabajadores activos contribuían para pagar las pensiones de los más viejos y desvalidos. Como podemos ver el Estado era garante pero no controlaban ese fondo y menos las trabajadoras y trabajadores, sino el sistema financiero, es decir, estaba ya de por si privatizado, obteniendo este una rentabilidad.
Sin embargo, en muchos países de América Latina ese fondo nunca se constituyó o si se constituyo era cuando ya esta institución estaba, prácticamente, en crisis. Los recursos provenían directamente de los grandes ingresos de las exportaciones de materia prima que algunos países poseían. Pero además el desfalco de los patronos que no realizaban su aporte o si lo hacían era desde una mayor explotación de las trabajadoras y trabajadores, vía falso salario que declaraban ante las instituciones del Estado, como ocurrió Venezuela. Es decir que en realidad el sistema de pensiones por medio de los seguros sociales no se implementó en su totalidad o se implementó totalmente desvirtuado y eso indica la crisis profunda a la que llego. Además la deuda externa de América Latina, generada por los países centrales para una inversión de “desarrollo” en nuestra América, destruyó o redujo sustancialmente todos los sistemas de pensiones y jubilaciones existentes.
En la década de los 60 y 70 se generaron grandes luchas obreras a nivel mundial que empezaron en reivindicaciones salariales y terminaron en huelgas y tomas de fábricas; se desarrollaron amplios procesos de participación de los trabajadores en la gestión de la producción en diferentes empresas. El sistema capitalista entró en crisis, ésta se expresó en su modelo de acumulación (crisis de eficiencia) y en su modelo de gestión administrativa y de organización del trabajo Taylor-Fordista (crisis de legitimidad).
Así en la década de 1980-1990 la burguesía internacional logró reagruparse, frenando y derrotando las luchas obreras, y desarrolló una estrategia en varias direcciones para recomponer el modelo de acumulación capitalista, pero además para derrotar y fraccionar al movimiento obrero insurgente. Esto permitirá al capital descomponer el movimiento obrero de masa que había surgido contra el capital y recomenzar un nuevo control de este.
Se trata, por parte del capital, de recomponer el modelo de acumulación a nivel mundial, mediante diversos medios y políticas neoliberales, que pudiéramos resumirlo en:
Reestructuración Productiva; en las empresas más importantes y que tenían fuertes movimientos sindicales. Esto significó, grandes reestructuraciones con despidos masivos con la excusa de bajar el costo laboral, leyes de desregulación laboral, profunda segmentación, división de los puestos de trabajo, y deslocalización de empresas para trasladarlas donde la mano de obra fuera más barata. Además de amplios procesos de privatización de empresas y servicios fundamentales para la población.Nuevas formas capitalistas de gestión administrativa y de organización del trabajo; como la calidad total, “equipos de trabajo”, toyotismo, just-on-time y otros que permitieron expropiar, aún más, el saber obrero de la producción para así lograr mayor rentabilidad para el capital y mayor explotación y dominación para la clase trabajadora.

El Estado Social-Keynesiano o de Bienestar capitalista será sustituido, progresivamente, por un Estado-Empresa, iniciándose un proceso de desmantelamiento de todos los elementos garantistas que tenía el Estado social capitalista para la reproducción de la población, en lo que respecta a la seguridad social, educación y otros servicios.

Todo esto transversalizado por un proceso de mundialización del capital, que se venía gestando desde la década de los 50, mediante la desreglamentación y liberalización de la economía mundial en las finanzas, el comercio, la producción y las inversiones. Esta mundialización del capital será un amplio proceso de acumulación del capital y tenderá a estar hegemonizado por el capital financiero.
Luis Primo /ADN

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