25.9.17

FOTO: oriente20.com

En el debate constituyente además de la corriente por la liberalización de los controles, se encuentran los abanderados de los controles y las fiscalizaciones institucionales sobre la economía. Para esta ala el problema estriba, no en la existencia de controles, sino en su contundencia y la eficacia de su ejecución. Más y mejores controles, lo que debe entenderse como más y mejores instituciones, más y mejores funcionarios. Analicemos:

-Es una obviedad la tendencia a la corrupción del funcionariado, especialmente en estos tiempos de crisis caracterizadas por la reducción de los ingresos públicos. El poder de sobornar y corromper de la burguesía es proporcional a lo lucrativas que sean sus proposiciones en comparación a los ingresos oficiales de los funcionarios, he allí una de las razones de la ineficacia de los controles.

 -La raíz de la corrupción es el monopolio que ejercen los funcionarios sobre la toma de decisiones. En muchos casos es solo una persona la que decide si se ejecuta una medida o si se lleva a cabo una denuncia. Existe una malsana tendencia al “secreto a voces”, a las situaciones que son del conocimiento general pero que no son abordadas por el Estado, las irregularidades que son muy bien conocidas pero por decisiones particulares de funcionarios determinados, a espaldas del pueblo, no conllevan consecuencia alguna para los implicados.

-Aquí la respuesta que se proponen los partidarios de los controles es el aumento de las instancias contraloras (mayor número de funcionarios) no sólo para vigilar al mercado sino también a los mismos fiscalizadores. Paralelamente estaría la mejora en la cualificación y remuneración del funcionariado. Ahora bien, ¿cómo se sostendrá tal ejército de fiscales, inspectores, reguladores, etc.? ¿Deberá pagarlo la burguesía responsable de violar las regulaciones o será un gasto más que pesará sobre el horario público? ¿Se buscará complementar el accionar y el alcance de los fiscales con la presencia de contralorías populares? ¿Y se les daría poder efectivo a éstas o simplemente se les subordinará a los dictados burocráticos y al capricho de los encargados? Son cuestiones estas sobre las que pesan grandes dudas.

- Pero volvamos al quid del asunto, no olvidemos que se trata ante todo de un problema de producción; de planificación y control de la producción. El largo brazo de la ley descarga su puño de hierro sobre el pequeño revendedor, el bachaquero, con cárcel, humillación pública y hasta notorios maltratos; pero con el gran especulador, el que toma, desvía, acapara y vende a sobreprecio el grueso de la producción, ejerce más bien su oficio un delicado guante de seda que tiene buen cuidado de no perturbar el reino burgués dentro de fábricas y almacenes. ¿Quién tiene más responsabilidad? ¿El que revende productos que ya están a sobreprecio en los distribuidores para mantener la cabeza fuera del agua y no ahogarse con su familia por la crisis, o el que genera dicha crisis al imponer el sobreprecio a miles de productos destinados a venderse por el regulado? ¿Es que acaso el bachaquero con un par de sacos de harina produce un desajuste mayor que el gran industrial con sus millones de toneladas acaparas?

Debemos concluir que no se puede fiscalizar lo que no se conoce; mientras el mundo de la producción sea un coto cerrado, prohibido para la gran población, apartado de la cosa pública, se andará a ciegas en lo relativo al desarrollo económico. Mientras no se toquen las raíces de la actual crisis todo lo demás es simple maquillaje.

Redacción: Jeison Rondón / CRPP
jdrp_57@hotmail.com

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